Como contaba el abuelo

Como contaba el abuelo

La primavera llegó también para los chicos de La Cava. Gracias a corazones atentos, logramos el viejo sueño de la huerta comunitaria. La siembra recién empieza.

Hay viejos sueños que nos recorren como una sangre pulsante, aún cuando no notemos su presencia, que nos animan, silenciosos. Así, desde hace ya muchos años los voluntarios que compartimos el día a día con los chicos de La Cava, sabemos que tenemos una cuenta pendiente: poder inventarnos un lugar, un tiempo y un cómo para que los pibes de La Cava tuviesen su huerta comunitaria para nutrir las mesas y las historias tanto del Comedor como de sus mismos hogares.

No parecía ser este "el momento" (nunca parece ser "el momento"): a las angustias de siempre, de las que definen a este querido barrio y a su gente se sumaron, en esta oportunidad, las secuelas de las lluvias de aquel (¿lejano?) diciembre de 2012 que se habían llevado no pocos sueños, juguetes y proyectos, incluyendo más de una casa.

Pero si algo pinta de cuerpo entero a la estación de las flores es su capacidad de llevar el milagro de la vida una y otra vez sin saber de contextos, de momentos. Entonces, la primavera rompió el silencio y lo hizo, esta vez, con el curioso sonido del ring del teléfono. Del otro lado, Jorge, un amigo como vos.

Nos contó que es parte de una cooperativa de huertas comunitarias del Gran Buenos Aires, que reúne a niños, vecinos, voluntarios, técnicos y albañiles abocadas a hacer surgir la vida de la tierra allí donde haya unos pocos metros disponibles y, sobre todo, muchas ganas. "Me encantaría compartir algo de lo que sé y hago con los chicos", terminó Jorge aquel día de septiembre, colgando primaverales guirnaldas de nuestras almas que, ahora sí, comenzaron a animarse a quitarse algunos abrigos.

No fue necesario mucho esfuerzo para que los voluntarios y mamás de “La Casita de la Virgen” nos convenciéramos de que ahora sí podíamos encarar el viejo anhelo. Con los chicos, siempre es más fácil. Ellos tampoco saben de condiciones ni de momentos. Ni siquiera fue necesario convencer a tanto futbolista o saltadora de soga de resignar unos metros del patio a favor de la tan soñada huerta. La primavera había llegado indefectiblemente; ya brotaba en y con nosotros.

En Manos por Hermanos, los mejores proyectos suelen crecer así: regados con las aguas de los deseos más sentidos. Había agua a raudales. Había manos ansiosas de preparar la tierra. Había ya una larga lista de pequeños jardineros anotados para repartirse las tareas y cuidados. Había buena semilla. Todo estaba listo.

Después de haber picado el piso y levantado el cerco del cantero con una línea de altos ladrillos huecos, llegó el día esperado. En las primeras horas de la tarde de un miércoles todavía fresco, las ventanas del Comedor que dan al patio quedaron chicas para albergar a tantos vecinos de “Cava Chica” que no querían perderse el que ya era un acontecimiento. Jorge comenzó con una charla-taller sobre armado de plantines en botellas de plástico, y ahí nomás comenzaron a multiplicarse las manos que reciclaban botellas y rellenaban y plantaban semillas. Sería un regalo que llevarían a sus casas.

En seguida fue el turno del pasamanos de voluntarios que, junto con los más grandecitos y con la ayuda de amigos, papás y tíos, bajaban un cienpiés de bolsas de tierra fértil y de abono. Le tocó entonces a Jorge explicarle a los chicos las proporciones de tierra y abono necesarias para que las semillas puedan brotar fuerte. Y así se iba haciendo más mullido el colchón de tierra negra, mientras Ale guiaba a Jocelyne, Lucía y Estafanía para decorar todos los ladrillos huecos del borde con flores conejito que quedaron hermosas... Nadie quería quedarse sin sentir en sus propias manos la humedad de la tierra fertilizada recibiendo semillas y plantines: “Yo quiero plantar esas que tienen un perfume riquísimo”, dijo Mica.

Inmensa fue la alegría cuando Jorge contó que, con todo lo que habíamos sembrado, la cocina del Comedor ahora iba a ser más variada y nutritiva, lo que hizo que las cargadas se multiplicaran para Estela y Antonia: "¡Ahora van a tener que buscar nuevas recetas, no hay excusas!" Los chicos se llevaron para su casa plantines, semillas, y un montón de conocimientos nuevos. Y no faltó quien recordara que su abuelo le había contado que él sabía plantar y cosechar, que le hubiera encantado enseñarles pero... Esta tarde, los chicos se iban con algo más que un montón de vida en color verde: también encontraron una oportunidad para revivir historias y saberes familiares que se creían perdidos en el olvido.

Tierra en las caritas felices. Tierra en nuestras manos y en nuestras ropas. Fue hermoso girarse y tener una última imagen de ese rincón que antes había sido como cualquier otro y que ahora era un manantial inagotable.

Hay lugares y momentos en los que la primavera parece una quimera; algo que siempre le pasa a otro, que no vive ahí. Ningún agradecimiento más sincero que el que viene de lo más profundo de la alegría de permitirnos ser tierra fértil... Para que esta bella maestra de vida esparza sus semillas de esperanza justo allí donde más se las necesita.