Que el dolor no nos sea indiferente

Que el dolor no nos sea indiferente

El dolor, la necesidad, parecen tan fuertes, tan aplastantes... Lo son. Sin embargo (o por eso mismo), es momento de vencerlos. Mejor aún: de transformarlos en impulso de amor.

Imágenes que se multiplican. Se superponen. Se solapan. La necesidad imperiosa de retenerlas un instante, bien cerca del corazón. Que no se nos escapen.

Imágenes del dolor más incomprensible. El más punzante. Un dolor que combina, por un lado, la impotencia ante lo que nos sobrecoge en el centro mismo de nuestra humanidad y, por el otro, muchas broncas que no pueden sino quedar demoradas, suspendidas en el dolor omnipresente, que no deja lugar a otra cosa.

O sí. O a una sola: nuestro rincón más tibio. Con mucho o, con poco, a través de organizaciones e instituciones de todo tipo o, también, como impulso irrefrenable de dar dese lo individual, lo familiar. Dar, incluso, desde el dolor. Dar a aquel que nos está esperando, no importa si el sinsentido y la falta también nos han golpeado. Dar es dar.

Voluntarios de todas las edades, de toda creencia o pensamiento, sexo, edad o condición creando un pasamanos que se repite, que quiere repetirse, reproducirse más rápido que el dolor.

Así también desde Manos por Hermanos, estamos haciendo (como todos), todo lo que podemos. Concentrando las donaciones con la gente de la Red Solidaria frente a la Catedral Metropolitana y, en la ciudad de las diagonales, en el Museo de Ciencias Naturales (122 y 60) y en Macabi La Plata (Calle 54 entre Av. 51 y Av. 53).

Decía un pensador, naturalista y poeta: "El ojo debe su existencia a la luz. A partir de indiferentes órganos animales, ésta produce un órgano que se corresponde consigo misma; y así el ojo está formado por la luz, para la luz..."

Juntémonos. Acerquemos a otros luz y calor. El dolor, la oscuridad son inmensos. Parecen demasiado grandes. Lo son.

Pero nunca brilla tanto una pequeña lucecita como en lo profundo de la noche. Si hasta pareciera que lo oscuro está ahí para que podamos aprender a brillar, a fortalecer nuestra luz y calor viéndonos brillar.

Hasta que un día nos nazcan también otros ojos. Esos ojos capaces de ir al encuentro del otro. De su dolor, de su luz. El impulso, la fuerza, están ya aquí. Me animaría a decir que podemos percibirlo.

Quizás porque ya se nos está haciendo imprescindible: UN MUNDO DONDE NADA DEL OTRO NOS SEA INDIFERENTE.